domingo, 16 de agosto de 2009

Boom boom boom boom

¡
Mi primer maestro de música en Memphis, Glen McFarland, fue alumno de un discípulo del virtuoso guitarrista Andrés Segovia; lo que me hace algo así como un discípulo del discípulo de otro discípulo de aquel señor...je, je. Pero no es eso lo que me hace creerme el muy muy.

Recuerdo que Glen tenía una foto de Baudelaire en su cubículo y otra de Rimbaud, esto dio pie para que pasaramos horas conversando sobre literatura y se creara entre ambos una buena amistad más allá de alumno-maestro. Él leyó también con paciencia e interés mis primeros poemas en inglés. Ambos llegamos a grabar dos canciones en estudio juntos, una de Santana donde canté y otra de Nirvana donde toqué e hice coros.

En fin, las clases de Glen, con sus uñas largas y mugrosas, pero que tenían la virtud de crear un sonido limpio y con mucha técnica, estaban impregnadas de una buena parte de teoría musical, de la que al principio yo renegaba porque era el típico alumno que quería aprenderlo todo ya y de una buena vez, a la primera clase. Sin darme cuenta en ese entonces, esa teoría me hizo ser capaz hoy en día, por ejemplo, de poder escuchar una sinfonía y distinguir el sonido de cada instrumento por separado.

Total que, siendo un joven lleno de rock y de hambre de blues, le pedí a Glen que me enseñara a tocar ese ritmo negro creado precisamente ahí, a orillas del río Mississippi.

No se sorprendió que un día le pidiera --junto a alguna rola clásica de Falla que intentaba enseñarme-- me mostrará cómo tocar Boom boom boom boom; y lo hizo sin sorprenderse en lo más mínimo.

Aquí está.


viernes, 7 de agosto de 2009

Otra taza de café

5

Esta es la canción de Bob Dylan que más le gusta a mi hija Naomi, es una obra maestra, o, mejor dicho, una chingonería. Aquí la interpreta con Joan Baez.



Tu aliento es dulce
Tus ojos son como dos joyas en el cielo
Tu espalda es estrecha, tu cabello es suave
En la almohada en que descansa.


Pero no percibo ningún afecto
Tampoco gratitud ni amor
Tu lealtad no me pertenece a mí
Sino a las estrellas que miras arriba.

Otra taza de café para el camino
Dame otra taza de café antes de que vaya
al Valle allá abajo.

A tu papito lo anda persiguiendo la ley
y ha hecho de su fuga una profesión.
Te enseñó a cosechar, a elegir,
Y te dijo como se maneja una navaja

Él vigila su reino
Para que ningún extraño penetre en él
Su voz tiembla mientras pide
otro plato de comida

Otra taza de café...

Tu hermana ve el futuro
Como tu madre y tú misma
Aunque nunca aprendiste a leer o a escribir

No hay libros en tus estantes
Y tu placer no conoce límites
Tu voz es un gorrioncillo pecho amarillo

Pero tu corazón es como un acéano
Misterioso y obscuro

Otra taza de café para el camino
Dame otra taza de café antes de que vaya
Al Valle de allá abajo






La traducción es de Tonatiuh Catalá

lunes, 3 de agosto de 2009

Simplemente Alizee

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Lo publiqué por primera vez en exclusiva para mis amigos en Facebook, ahora, por primera vez lo traigo aquí, para mi gente que visita esta página. Mi novia, ¡Alizee!

domingo, 2 de agosto de 2009

Nada de Chingonerías


En días pasados ocurrió algo que por su importancia, y porque no es la primera vez que sucede, he querido traer a cuento ahora.

Una poeta venezolana escribió un poema declarando que su poema era un haikú. Si nos atenemos a una definición estricta de lo que es ésta forma poética, podemos decir que es un poema construido en tres líneas de 5, 7, y 5 sílabas. Pero como los poetas poseen el derecho de la libertad al escribir, la estructuración gramatical de un haikú puede perder relevancia ante el tino y la belleza expresiva que se manifieste en dicho poema, por supuesto. De hecho, lo que distingue a un haikú no es ni siquiera eso, porque puede no estar escrito en sólo tres líneas ni en una confrontación exacta de líneas y sílabas. Lo que distingue a un haikú, por el contrario, es la concisión, la percepción y su sabiduría verbal en el lenguaje poético, como ya lo afirmó Cor van den Heuvel en un artículo publicado en 1987 en el The New York Times Book Review.

Como lector noté que le faltaba ritmo al haikú de esa susodicha poeta; encontré una línea demasiado larga junto a otra muy corta y, recortando la frase, se podía expresar clara y efectivamente lo que quería decir. Había intensión pero no se lograba bien la definición poética. Trabajando un poco con las palabras, modifiqué el poema y se lo presenté a la poeta. No pretendí imponer sino sugerir, nada más. Y en las correcciones que hice no hubo nada de “así es como debe de decirse”, más bien de “podría quizás expresarse así”. Presenté mi versión sin petulancia ni solemnidad.

Uno de los lectores admitió valientemente incluso que mi versión le parecía mejor que la original. La poeta se encolerizó y contestó que cómo me atrevía a corregirle la plana. Argumentó que ella era algo así como la “José Emilio Pacheco venezolana”, y que tenía un taller de poesía que forjaba a muy buenos poetas, por tanto, yo no era nadie para corregirle un poema. Dijo además que como yo vivía en Texas seguramente ni siquiera hablaba español. Hágame usted favor.

Me pregunto yo: ¿Por qué pensar que todo lo que escribimos es una obra maestra insuperable?. Como poeta, sé de la importancia de corregir, de leer ante los otros y de aceptar una buena crítica literaria. Y ante todo, también sé que el autor de un poema tiene la última palabra. Le mencioné sin pretensión, sólo como ejemplo, el caso del poema Tierra Baldía de T. S. Eliot, corregido por Ezra Pound.

A ella eso le pareció una forma de querer compararme con Ezra Pound. Para nada. Mi ejemplo se debió tan sólo a mostrar una práctica común entre escritores y no a establecer una comparación con el gran poeta norteamericano.

Cuando trabajé en el Instituto Nacional de Bibliotecas Públicas en México, supe que David Huerta —hijo del poeta mexicano Efraín Huerta— quien tenía un taller de poesía en la biblioteca del Parque España, les pedía a los asistentes a su taller que no le llevaran sus chingonerías, sino los poemas donde tuvieran problemas y quisieran someter a una verdadera crítica literaria. Si la señora tiene un taller en Venezuela, ¿acaso no debería asumir y considerar la misma ética frente a sus alumnos? Yo no pude contenerme y le contesté que si ella no comenzaba dando el ejemplo, ¿qué tipo de poetas estaría formando en su país?, caray. Considere, le pedí, continuar entonces con su taller.

Ahora quiero mostrar el punto y motivo de esta nota: en una argumentación así, si esa poeta consideró tener la razón, ¿no es entonces una excelente manera de demostrarlo públicamente? ¿No es también una buena oportunidad de mostrar la patanería y estupidez de aquel que nos ataca? Pues ¿qué creen que hizo esa gran poeta venezolana? Borró mis comentarios.

En otra ocasión no menos afortunada, a otro escritor se le ocurrió hacer los cambios que yo le propuse, !pero borró mis comentarios sobre su inmaculada “obra” maestra!

¿Dónde queda el diálogo y la oportunidad de aprender de los demás? Si a estos escritorcillos se les para el cuello por sus grandes aportaciones a la literatura mundial, les recordaré que la humildad y la modestia son las grandes virtudes de la creación y la creatividad, principalmente en los genios artísticos.

Cuando a Moctezuma le comunicaron que había sido elegido rey del imperio azteca, lo encontraron barriendo la explanada del templo.