viernes, 31 de octubre de 2008

En Defensa de la Alegría

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Mi amiga Ana Rosa, a quien tanto quiero y tuve oportunidad de ver ahora que estuve en México, me envió este poema; lo comparto, con indiscresión, pero todo sea en defensa de la alegría.

"Para tiempos de agobio, y también de alegría.

Sólo porque sí.

Abrazo,

AR"

Defensa de la alegría

Mario Benedetti

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del caos y de las pesadillas
de la ajada miseria y de los miserables
de las ausencias breves y las definitivas

defender la alegría como un atributo
defenderla del pasmo y de las anestesias
de los pocos neutrales y los muchos neutrones
de los graves diagnósticos y de las escopetas

defender la alegría como un estandarte
defenderla del rayo y la melancolía
de los males endémicos y de los académicos
del rufián caballero y del oportunista

defender la alegría como una certidumbre
defenderla a pesar de dios y de la muerte
de los parcos suicidas y de los homicidas
y del dolor de estar absurdamente alegres

defender la alegría como algo inevitable
defenderla del mar y las lágrimas tibias
de las buenas costumbres y de los apellidos
del azar y también, también de la alegría.

jueves, 30 de octubre de 2008

El corazón de las razones (segunda y última)

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Otra de mis lectoras—continúa Cohelo—, afirma que los hombres no sabemos nada sobre la naturaleza femenina y envía la siguiente lista:

1 – Las mujeres hemos nacido detectives. A nuestros ojos, todos los hombres son sospechosos y sus aventuras serán descubiertas tarde o temprano. Sólo es cosa de tiempo.

2 – Incluso si no estamos enamoradas de algún hombre, escuchar “te amo” es un bálsamo para nuestras almas. Y si no lo dicen, las mujeres lo notaremos y eso nos pondrá tristes.

3 – Lo mismo pasa con “eres hermosa”; les toma menos de dos segundos decirlo, pero escucharlo puede cambiar nuestras peores pesadillas en un verdadero cuento de hadas.

4 – Si les preguntamos por la ropa que nos pondremos, no se sorprendan si al final nos decidimos por lo opuesto a lo que sugirieron; esa es sólo parte de nuestra naturaleza.

5 – En una fiesta, las mujeres somos capaces de escanear todo el lugar en menos de un minuto para encontrar lo que nos interesa. Sólo pónganos a prueba.

6 – Las mujeres pensamos en el sexo con la misma intensidad que los hombres, o quizás más; la única diferencia es que nosotras no lo andamos divulgando.

7 – Si no aceptamos una cita para salir a comer, no se preocupen, es sólo que necesitamos algunos días más para perder esos kilitos extras que echan a perder nuestra vida.


8 – Las mujeres recordamos siempre todo. Si nos preguntan cuándo nos conocimos, no contestaremos “en una fiesta”, sino: “era martes, después de que sirvieron la ensalada y el caldo de pollo y tú llevabas puesta una chamarra negra y unos zapatos de diseño italiano.

9 – Sin importar cuánto amor somos capaces de dar, siempre habrá tres o siete días que las mujeres queramos estar lejos de todo y de todos. Durante esos días, los hombres tienen dos opciones: amarrarse a un poste de luz y esperar hasta que pase la tormenta, o ir a la joyería más cercana a comprarnos un regalo. Les recomendamos hacer lo segundo.

10 – Las mujeres tenemos tanto poder de raciocinio como los hombres, sólo que no necesitamos hacerlo evidente, de lo contrario los haríamos sentirse inseguros. Las mujeres que hacen eso acaban solas.

11 – A las mujeres nos gusta toda clase de bello en el cuerpo del hombre, aunque depilarnos sea nuestro tormento favorito.

12 – Las mujeres odiamos hacer el amor cuando no queremos, aunque terminémoslo haciendo de todos modos y los hombres nunca noten la diferencia.

13 – Juega con nuestros hijos y nuestras mascotas y nosotras jugáremos contigo. No les hagas caso y no te haremos caso.

14 – Las mujeres estamos provistas de rayos X. Tenemos la capacidad de mirar unos duros y obscuros ojos y encontrar la ternura que hay detrás de ellos. O penetrar la mirada de unos ojos azules como de ángel y descubrir al demonio que hay escondido ahí. Sabemos cuando alguien pretende dormir fingiéndose cansado o —más aún— cuando algún hombre pretende no estar durmiendo con alguien.

15 – No todas las mujeres anhelan casarse y tener hijos. Muchas sólo quieren tener mascotas y orgasmos.

16 – Cuando la delicadeza es genuina, puede derretir nuestros duros corazones.

17 – Si tenemos algún problema qué discutir con los hombres, por favor, no pretendan darnos la solución, nosotras ya la sabemos. Lo hemos planteado sólo para evitar que nuestra relación acabe en el aburrimiento.




(Traducción: Tonatiuh Catalá)

sábado, 18 de octubre de 2008

Todo tiene su final

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No, no lo olvidé, aquí está la prueba, hace dos días fue el cumpleaños de mi hermanito Alejandro, a quien quiero mucho y a quién apasiona esta música. Ahí está. Que conste. Sabrosa rola.

viernes, 17 de octubre de 2008

El corazón de las razones

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Mi amigo Paulo Cohelo —quien me escribe de vez en cuando— envía este texto, que a su vez le fue proporcionado por una amiga suya, de nombre Julia:

(Primera de dos partes)
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Tonatiuh, aparentemente, hoy en día las mujeres buscan razones para enamorarse de los hombres. He aquí, sin tener que estar de acuerdo con todas, algunas de ellas:

Amamos a los hombres porque nunca pueden, incluso si lo desean, fingir un orgasmo.

Porque a pesar de que nunca nos entenderán, les gusta intentarlo.

Porque son capaces de seguir encontrándonos hermosas, incluso si nosotras ya no lo creemos.

Porque entienden de ecuaciones, política, matemática y economía, pero nada acerca de nuestro corazón femenino.

Porque son amantes que sólo descansan cuando hemos obtenido (o pretendemos haber obtenido) placer.

Porque les gusta llevar el deporte a algo cercano a la religión.

Porque nunca tienen miedo a la obscuridad.

Porque insisten en reparar cosas que están más allá de su capacidad de comprensión, y se dedican a ello con el mismo entusiasmo de un adolescente, sintiéndose frustrados cuando no lo consiguen.

Porque son como las rojas granadas, la mayoría de ellos resultan imposibles de digerir, pero las semillas son jugosas.

Porque nunca chismorrean de lo que dirán los vecinos.

Porque sabemos muy bien lo que piensan, y cuando abren la boca para decirlo, dicen exactamente lo que sabíamos que dirían.

Porque jamás se torturan ni sueñan en tener que ponerse tacones altos.

Porque les gusta explorar nuestro cuerpo y conquistar nuestra alma.

Porque una muchacha de 17 puede dejarlos sin aliento y una mujer de 25 domarlos sin esfuerzo.

Porque siempre les atraerán los opuestos: ascetas--opulentos, guerreros-- monjes, artistas--generales.

Porque hacen todo lo posible por ocultar sus debilidades.

Porque el mayor miedo de un hombre es no ser hombre (jamás cruza por la mente de una mujer no ser mujer).

Porque a pesar de que siempre se comen todo lo que hay en el plato, nunca se sienten culpables por ello.

Porque les causa mucho placer percatarse de cosas sin importancia, como lo que ocurrió en el trabajo, o en diferentes marcas de automóviles.

Porque tienen hombros en los que podemos descansar y dormir sin mucho esfuerzo.


Porque están en paz con sus cuerpos, excepto por pequeñas e insignificantes cosas como quedarse calvos o engordar.

Porque realmente se muestran muy valientes delante de los insectos.

Porque ellos nunca mienten sobre su edad.

Porque a pesar de todo lo que intentan demostrar, no pueden vivir sin una mujer.

Porque cuando le decimos a uno de ellos “te amo”, inmediatamente quieren que les demostremos “cuánto”.

(Traducción: Tonatiuh Catalá)

miércoles, 15 de octubre de 2008

El rostro de la burocracia

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Llamo por teléfono al consulado mexicano en Austin para concertar una cita y renovar mi pasaporte —que expiró el año pasado.

Me contesta la voz de una muchacha y lo único que le entiendo es que se llama Roxana, porque en cuanto comienza a hablar escucho un escandaloso ruido parecido al que ocasionaría la subasta de unas pantaletas de Shakira en el mercado de la Lagunilla del DF.


Para colmo, Roxana habla como si estuviera anunciando ofertas en un altavoz de un super de Aurrera. Un tonito en verdad irritante.


Me pide ocho mil copias: de mi viejo pasaporte, del acta de nacimiento, más copias de una identificación y dos fotografías recientes, porque por lo visto en el consulado de la capital de Texas no les alcanza el presupuesto para comprarse sus propias cámaras fotográficas, con lo cual sí cuenta el consulado de Nueva Orleans, como pude comprobarlo antes.


Pero lo que más sorprende es que me pide llevar una pluma de tinta negra.


¿Una pluma de tinta negra?

O sea que este pinche consulado macuarro no tiene ni para plumas, vaya. Por poquito y me hacen traer la silla donde voy a esperar hasta que se dignen atenderme.

La burocracia tiene un sólo rostro en Texas y en China.

¡Anti burócratas de todo el mundo, Uníos!

lunes, 13 de octubre de 2008

Mi abuela y yo

(fragmento)


Mi abuela materna, la única abuela a la que conocí, no sabía leer ni escribir. Se llamaba Bruna, un nombre hermoso y poco común entre las mujeres de nuestros días. Probablemente nació en el día de San Bruno, allá en el año 1900; aunque se ganó la vida de varias formas, fue una comerciante en telas cuando se vino de Michoacán a la Ciudad de México. A pesar de ser analfabeta, poseía una gran confianza en si misma y un poder verbal muy seductor. Pertenecía a esa casta de seres, hoy ya casi extinta, que nos transmitieron sus experiencias y conocimientos a través de la tradición oral. Ella era como un libro de carne y huesos, la palabra viva. Una mujer hecha no de puro lenguaje sino de lenguaje puro.

Por curiosidad, alguna vez me atreví a preguntarle cómo se las arreglaba, sin saber leer, para desplazarse sola como muchas veces solía hacerlo, en autobúses, a través de la ciudad. Su método era por demás ingenioso y me lo confesó: memorizaba la forma completa de la palabra escrita al frente del camión, que señalaba el destino de la ruta, de ese modo no tenía que descifrar, letra por letra, el contenido del texto. Más tarde, a sus más de setenta años, cuando intenté enseñarle a leer y a escribir, rechazó mi oferta arguyendo que ya no lo necesitaba.

Aún recuerdo perfectamente su forma de hablar, y pronunciar por ejemplo, en su bello lenguaje campirano y milenario, la palabra dotor, en vez de doctor, o añadir el hermoso y latino um, al finalizar ciertas palabras, como cuando pronunciaba el nombre de su hijo "Jesúsum", o al decir "puesum", en lugar de pues.

Ella aprendió a rezar también de oídas y recuerdo escucharla recitar sus oraciones durante horas sin parar. Siendo católica, no condescendía a la hipócrita indulgencia de presentarse sin falta todos los domingos a misa; aunque respetaba las ceremonias, parecía tener su propio diálogo, constante y cotidiano, con Dios. Esta mujer, que jamás aprendió el alfabeto castellano, pareció de verdad no necesitarlo nunca; poseía una gran elocuencia y no he podido olvidar particularmente su forma de contar o narrar las cosas. Fue para mí un deleite infantil escucharla y verla imitando las voces de las personas y teatralizando su manera de caminar o su lenguaje corporal. La recuerdo en innumerables noches sentada junto a mí, en mi cama, susurrándome sus experiencias, sus sentimientos e historias de toda su vida. Jamás me quedé dormido mientras ella hablaba, no podía, era para mí encantador escuchar su voz y no me quise perder nunca una palabra suya. Al final me decía: “Ya duérmete”, y ella me persignaba devota en la frente antes de apagar la luz, mientras recitaba una plegaria. Yo besaba su mano antes de dormirme.


Un día me contó un sueño, el único sueño que le escuché contar en mi vida. Soñó que su esposo, mi abuelo José Zamora (asesinado en 1943 por unos vándalos, quizás para robarlo o por envidia) regresaba y abría el portón de su casa lentamente, él le mostraba las manos y le decía: “Mira Bruna lo que tengo aquí”. Mi abuela veía las manos de mi abuelo iluminadas y en medio de ellas flotaban pájaros que brillaban con destellos de luz y volaban alrededor.

jueves, 9 de octubre de 2008

Una máscara sin héroe

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Esta canción de Lennon a primera vista ("ser es ser parte de la clase trabajadora", dice) parece una apología, pero es en realidad una mentada de madre a esa misma clase trabajadora.

"Los joden en la casa y los maltratan en la escuela... y luego esperan que hagan una carrera...Síganse drogando con religión y sexo en la tele; se creen muy listos, sin clase y libres, pero para mí ustedes son unos pinches paisanos", dice John.
 
Y nos propone que, si queremos ser héroes, sigamos sus pasos. ¿Será? ¿Será que los héroes mueren a balazos? Y detrás de las balas los cobardes. Como siempre. Los cobardes aprenden a reír mientras aprietan el gatillo.

"El héroe de la clase trabajadora" es en verdad una canción dedicada a la clase trabajadora, pero es al mismo tiempo una invitación a que hagan conciencia (¿Y esa cómo chingados se hace?).

La conciencia de no ser tan pendejos y esperar la jubilización para ser felices y libres, mientras el cronos de entradas y salidas destruye, y corróe, minuto a minuto el cerebro, ya de por sí jodido desde la infancia.


Chaplin y la Cocaína

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"El humor eleva nuestro sentido de la sobreviviencia y nos previene de la locura."

Charles Chaplin