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sábado, 9 de abril de 2011

Perdidos en el espacio (o el espacio de los perdidos)

A veces tengo la sutil --y sucia-- idea de que la raza humana es la única que se dedica o tiene la necesidad metafísica, psicológica e incluso física de buscar y de encontrar vida inteligente en otros planetas del Universo.

Otros "alienígenas" distantes mirarán hacia el cielo sin preguntarse en qué estaremos pensando los habitantes de la Tierra, planeta al que quizás ellos conozcan como Aqua1-Beware.

---Sí, están ahí, ¿y?--- dirán, sin darle mucha importancia al caso.

Y, quizás, estos menos curiosos y pensativos aliens no se maten ni descuarticen los unos a los otros. Ni le pongan precio al petróleo ni tendrán billetes con la cabeza de uno de los suyos. Tampoco, ya que hablamos de billetes, tendrán la estupidez de creer en la lotería.

Es posible, muy posible, que no tengan que matarse trabajando toda la vida para conseguir una pensión poco decorosa que les permita morir en paz ni se  exploten los unos a los otros. O tener que estudiar para conseguir algo llamado Titulo o Diploma y así ser considerado alguien importante entre sus semejantes.

Ellos mirarán simplemente al cielo, su cielo, sin sentirse pequeños ni solos porque se tienen a ellos mismos y no miden la distancia espacial en años luz sino en consideraciones racionales que los lleven a la conclusión de que no tienen la más absoluta intensión de conocer o descubrir un mundo que cuenta con un programa espacial que ostenta la ridiculez de explorar fuera de su sistema solar sin respetar la vida de los habitantes de su propio planeta.

domingo, 16 de agosto de 2009

Boom boom boom boom

¡
Mi primer maestro de música en Memphis, Glen McFarland, fue alumno de un discípulo del virtuoso guitarrista Andrés Segovia; lo que me hace algo así como un discípulo del discípulo de otro discípulo de aquel señor...je, je. Pero no es eso lo que me hace creerme el muy muy.

Recuerdo que Glen tenía una foto de Baudelaire en su cubículo y otra de Rimbaud, esto dio pie para que pasaramos horas conversando sobre literatura y se creara entre ambos una buena amistad más allá de alumno-maestro. Él leyó también con paciencia e interés mis primeros poemas en inglés. Ambos llegamos a grabar dos canciones en estudio juntos, una de Santana donde canté y otra de Nirvana donde toqué e hice coros.

En fin, las clases de Glen, con sus uñas largas y mugrosas, pero que tenían la virtud de crear un sonido limpio y con mucha técnica, estaban impregnadas de una buena parte de teoría musical, de la que al principio yo renegaba porque era el típico alumno que quería aprenderlo todo ya y de una buena vez, a la primera clase. Sin darme cuenta en ese entonces, esa teoría me hizo ser capaz hoy en día, por ejemplo, de poder escuchar una sinfonía y distinguir el sonido de cada instrumento por separado.

Total que, siendo un joven lleno de rock y de hambre de blues, le pedí a Glen que me enseñara a tocar ese ritmo negro creado precisamente ahí, a orillas del río Mississippi.

No se sorprendió que un día le pidiera --junto a alguna rola clásica de Falla que intentaba enseñarme-- me mostrará cómo tocar Boom boom boom boom; y lo hizo sin sorprenderse en lo más mínimo.

Aquí está.


sábado, 21 de junio de 2008

Yo dije...Yo soy

Hace algunos años escuché a un gringo joven decir: Neil Diamond ha muerto. Sospecho que se refería a la creatividad de este cantante americano-judío. Es cierto, quizás su creatividad se haya desvanecido en los últimos años; pero queda lo que hizo, lo que escribió y compuso. Y eso lo mantiene vivo y muy vigente.
Cuando mi hermana Rebe pasó una temporada en la Universidad de Orange California, regresó a México con las maletas llenas de nueva música para mí en aquel tiempo, entre ellos —el citado— Neil Diamond, Police y Blondie.
Recuerdo un LP ya usado y algo viejo de un concierto que Neil Diamond dio a principios de los 70´s. Casi todas las canciones de ese disco me gustaron, pero guardo ahora un cariño muy especial por la canción que van a escuchar aquí; entre otras cosas porque cuando se vive lejos del país donde nacimos es fácil sentir que donde ahora vivimos, aunque puede ser un lugar hermoso y fascinante, no es nuestra casa, y, de algún modo, el sitio donde nacimos -nuestra casa-, ya no nos pertenece. No es nuestra ya porque hemos cambiado; hemos metido los pies en el río del tiempo y el espacio, y entonces no nos queda sino clamar por sentir que no hay otra patria que la que se subscribe bajo nuestros pies; que la patria es algo que se lleva en el corazón y decir, donde quiera que estemos…:”Yo soy”, nada más. ¿Pero a quién se lo decimos? ¿Quién nos escucha?






"Alguna vez han escuchado de aquella rana que soñó con ser un rey y se convirtió en uno?..."