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miércoles, 3 de marzo de 2010

Un paraíso de nieve




La primera vez que vi nevar fue en El Nevado de Toluca, México; regresaba a la ciudad acompañado por varios amigos japoneses, de esos que, como dice Luis Villoro, tienen nombres de motocicleta. De repente uno de ellos nos dijo: "Les tengo una sorpresa".

En Toluca había llovido todo el día y hacia frío, pero no se veían rastros de nieve; fue hasta después de cruzar una húmeda y serpenteante vereda, franqueada por árboles muy altos, que apareció ante nuestros ojos, digna de un cuento de Kawabata, la escena de las faldas de la montaña cubiertas completamente de nieve. Y nevaba; podía ver claramente los copos de nieve estrellándose contra el parabrisas del auto, como errabundos dardos blancos.

Les pedí que detuvieran el coche y bajé a caminar, sin importarme el frío; descubrí que los copos de nieve eran tan frágiles que se deshacían al tocar cualquier cosa, transformándose sólo en una "mancha" de agua sobre mi ropa y mi cara.

A mis amigos japoneses debí parecerles un niño, o un tonto, porque no dejaban de mirarme, extasiados por mi sorpresa y alegría de ver la nieve por primera vez.

Hoy que lo pienso, creo que no podría vivir ya en un país donde no nevara, o, si no neva ahí donde esté, cuando menos viajar en invierno a un lugar donde sí ocurra esta lluvia blanca, que me parece una especie de tierra fantástica donde el sol está excluido.

No se me malinterprete, adoro al sol, al mar y los días soleados, pero la nieve, sublimemente, es otra cosa; hay algo de pureza en ella. De poder. Un poder que lo oculta todo y donde sólo persiste quien pueda subyugar y controlar esa fuerza blanca, omnipresente. Blanco arriba, blanco abajo, y el verde y la noche sepultados debajo y sobre un paraíso, tan frágil como helado, que lo mistifica todo.

Una chimenea, un buen libro y la visión de la nieva cayendo afuera, detrás de la ventana, o en un paseo, es algo que no cambio por nada.

Las fotos de arriba fueron tomadas desde mi patio trasero, apenas tres horas después de una nevada aquí en Kentucky, a principios de febrero.


lunes, 28 de diciembre de 2009

A la orilla del Mississippi

&
Curiosamente, la versión en inglés habla del amor entre una pareja perteneciente a dos tribus diferentes, un hombre (el Oso Corredor) y una mujer (Pequeña Paloma Blanca, o Palomita). Ante la negativa de sus respectivas familias, los amantes se tiran al río y en el ecuentro a la mitad, donde se besan por primera vez, un remolino se los traga y mueren; así, sus espíritus habitan --enamorados-- eternamente, la orilla del río.

La versión en español es otra cosa. Todo lo contrario. En la versión mexicana, la pareja termina casándose para dar fin a la guerra y comenzar la paz de las dos tribus enemigas.

Dos culturas, dos formas de ver las cosas; pero en el ámbito del mito es totalmente válido. Incluso en la expresión fantasiosa de una canción de rock.


versión en inglés





versión en español